

¿Y qué tenemos en el botiquín para el alcalde? —Un cóctel de escopolamina y derivados sintéticos que no dejan rastro en el tejido cardíaco —respondió la cirujana con precisión profesional—. Se lo inyectaremos en el café de los lunes. Empezará con lagunas mentales, luego paranoia. En tres meses, él mismo firmará nuestras órdenes de traslado."La logia de las celdas de terciopelo" - Fragmento.
La abuela, en vez de infundir disciplina a su nieto, le dejó realizar lo que más le gustaba: cantar, leer, cortarse los brazos y desempeñarse como «curador» en «La Ballena Azul»."Lazos sanguíneos" - Fragmento
Quería evitar a toda costa el sonido del disparo y la alarma de los vecinos. ¿Cómo dispararle sin hacer ruido? Alzó los hombros y se quedó muda. Luego habló justificándose: "Y si el crimen no fuera más que un lenguaje, una sintaxis del dolor convertida en acto. ¿Y si el asesinato fuera una oración gramatical que el cuerpo emite cuando la palabra ha sido derrotada? En lugar de sujeto-verbo-complemento: víctima-intención-ejecución. Un poema torcido en el que el sujeto no sabe ya que está hablando. No hay metáfora: hay sangre. Pero debajo de la sangre, hay estructura. Y debajo de esa estructura, ¿qué queda? ¿El horror roto del organismo? Me has dicho que te gusta la poesía, solo tienes que darle forma, es tu oportunidad—.
"Matar a Martin" - Fragmento
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Lo que De vuelta a casa propone no es fácil de aceptar: que a veces no hay salida, que el regreso no garantiza sentido, que el archivo de la vida puede ser un campo minado. Pero también dice otra cosa, más secreta, más resistente: que si logramos articular el caos, aunque sea por unos segundos, quizá podamos mirar el horror sin sucumbir del todo.
Este libro de poesía es eso: un intento por sostenerse entre los recuerdos. Un estallido silencioso. Una granada sobre la mesa. Un cuaderno viejo que sigue escribiéndose solo. Y una voz —esta— que dice: “Aquí estoy. Aún no he muerto. Todavía tiemblo. Todavía escribo”.
Dos gatos
cuelgan del árbol.
Disecados, mueven:
anuncian el quiebre —
la entrada —
Giro.
Cabizbajo compruebo:
más gatos,
árboles inmunes,
Diamanda Galás
con la imagen taxidérmica
de la próxima cita
(o como en Yggdrasil /
y la crucifixión).
• II Vencindarios / Sombras
VI. Cita del domingo para clarificar el orden de las benzodiacepinas — en ese parque al frente, recoger mangos y hablar de recluidos. La barbarie de los actos contrasta con el reverdecer de los árboles. El informe médico no lo dice — lo presume… Y aun así, nos sentamos en la banca, como si hablar bastara, como si el apellido Villegas no lo supiera.
• III. Cuerpo / Fiebre
IV. 165 grados — y un mosquito de tres metros y medio ronda mi oreja; me extrae setecientos litros de sangre, un pulmón y un pedazo de víscera.
I. Casa / Retorno

Juan Carlos Vásquez se interna aquí en las regiones más antiguas y al mismo tiempo más inmediatas de su biografía: los sueños, las visiones, las presencias inexplicables, la violencia muda. Escribe desde una suerte de vigilia permanente, como si los episodios aquí relatados —y no contados, porque esto no es un libro de cuentos— todavía estuvieran ocurriendo en el reverso de su inconsciente, en el pliegue del tiempo donde el recuerdo nunca se termina de apagar del todo. Porque, incluso al crecer, el subconsciente sigue arrastrando los espantos del universo infantil, y los trae de regreso con la misma claridad con que los conoció la primera vez.
Bajo un agotamiento físico, las células comenzaron a descomponer sus propias proteínas en aminoácidos. El cerebro empezó a devorarlas. En la fase final veía cómo el espacio en forma de círculo se cerraba, oscureciendo todo lo que había alrededor.
• Ayuno terminal
La escena siempre terminaba igual: en el umbral, ella se detenía un instante. Y él, desde la cama, entre el sueño y la invitación a levantarse, sabía que algo no estaba bien. Que algo venía. Que eso no era un abrazo. Era el inicio de algo.
• Las que hierven
Los síntomas, cuando llegan, no se anuncian con tos ni con fiebre, sino con un zarpazo interno: los conductos nasales se cierran de golpe y siente que el pulmón se desgarra como un músculo que se revienta desde dentro. El cuerpo entero se tensa, los labios se ponen morados, los ojos se abren buscando oxígeno. Ante el miedo, una enfermera le arranca la mascarilla por un segundo, como si el aire del cuarto fuera más confiable que el del tanque. • Albuterol
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